
Eran las ocho menos cuarto de la noche y yo estaba parado en una larga fila esperando un micro atrasado en la Terminal de Ómnibus de Retiro, creyendo que me quedaba, al igual que muchas de las personas que en ese momento, ya sea sentadas en el suelo, o sobre sus bolsos o simplemente cruzadas de brazos, estaban atentas a la ‘inminente’ llegada de de algún rodado en el andén número dos.
Previamente había estado a las corridas entre la muchedumbre que se comportaba como una colonia de hormigas drogadas, sobre todo a la salida del subte, era como si todos buscaran el mínimo resquicio o grieta para escapar o intentar llegar a tiempo a algún lugar, y yo subiendo escaleras mecánicas, pasando pasillos, cruzando calles, bordeando estaciones, enviciándome con el aroma a fritura barata de los puestos de comidas al paso, llevándome gente y equipajes por delante, evadiendo a los folleteros y a los vendedores ambulantes (tanto que uno osó detenerme con el puño de su mano, quien recibió un rápido empujón y una actitud claramente indiferente), caminando casi a trote hasta llegar a la santísima Terminal.
De santísima no tenía nada, colmada de gente hasta la mismísima saturación intenté abrirme paso tratando de alcanzar la escalera mecánica que lleva al segundo piso para sacar el boleto. No sé si me pasa solo a mí, pero cuando estoy apurado y tengo que caminar rápido, es como si la gente se diera cuenta y se interpusiera delante de mí, justo en el medio de mi fucking camino, y empezara a caminar muy lento, sin dejarme pasar. La escalera mecánica ascendente estaba clausurada, tuve que rodear todo el patio de comidas y subir por la otra escalera, lo que hice en un tiempo tan largo que la gente que se me interponía hubiese merecido la mayor de los reconocimientos y el mejor premio a la molestia del año. Saqué un boleto a La Plata por autopista, porque supuestamente es más rápido y en cuanto pude (justo se me rompió el cierre de la billetera y todas las monedas cayeron inoportunamente al suelo, teniendo que levantarlas varias veces, ayudado por el muchacho que estaba por detrás de mí esperando comprar su boleto, y que después terminó delante de mí en la fila para esperar el micro ¬¬) me dirigí directamente a los andenes de la terminal. Estaba tan apurado que no me había dado cuenta que de la puerta que daba hacia afuera, donde se encontraban los andenes, salía una larga fila a la que ni siquiera podía divisar el final de la misma, y como un acto reflejo me dirigí hacia uno de los esperadores y pregunté la pregunta más obvia que podía hacer,…y sí, era la fila del andén dos aguardando la llegada de la Costera. Para asegurarme pregunté tres veces más a medida que iba caminando bordeando la fila, mucha cara de cansado, de hartazgo, de calentura amenazante, de impaciencia y muy pocas de tranquilidad. Yo no era la excepción. Eran metros y metros de gente esperando la Costera a La Plata, y ya en la fila me enteré por las quejas de las señoras de adelante que había una hora y media de retraso y que seguramente el problema era por el reciente paro de colectivos en contra de la inseguridad. Escuché eso y ahí sí, empecé a transpirar. Lo peor de todo es que no podía decirles nada a mis viejos, había mentido y tenía que arreglármelas solo. Mientras tanto las personas seguían llegando y completando la larga hilera humana que cada vez se hacía más y más extensa; no faltaron tampoco aquellas que, como yo había hecho hace unos minutos, se pararon para preguntarme con cara de asombro si la fila correspondía a la Costera, SÍ SEÑORA, INCREÍBLEMENTE SÍ.
No sabía que hacer, nadie sabía! Y el tiempo pasaba y todos nerviosos, todos criticando, quejándonos, gruñendo, gritoneando; encima atrás tenía a dos mujeres con un par de críos insoportables y los retaban y regañaban, mientras que la parejita ‘feliz’ que se encontraba detrás de ellos empezaba a desesperarse, ya era la cuarta vez que la chica mandaba a su novio a preguntar en informes qué diablos pasaba, y volvía con datos confusos, que el último micro del día ya tendría que haber llegado, que nadie sabía nada, que había una demora en la autopista o en la entrada a Retiro, que era mejor tomar el Plaza en la calle, que en la boletería no le solucionaban nada.
En fin, lo único que tenía que hacer era esperar y eso hice. Pasaron cuarenta y cinco minutos antes de que llegara la tan esperada Costera. No era por autopista, había quedado en la mitad de la fila y aunque no me correspondía me colé así como si nada, desvergonzadamente, y preguntándole al chofer si podía subirme me subí y como no había asiento viajé parado. Varios más cometieron el ilícito, así que no era el único parado en el pasillo entre los asientos; no faltaron las quejas de las señoras grandes ni las risas de la pareja de al lado. Tranquilo, me acomodé en un brazo de un asiento, me saqué la campera y el buzo, la calefacción estaba al mango y el calor humano se hacía notar terriblemente, y saqué un libro para leer.
Como siempre, todo no podía terminar así, tan ‘felizmente’, en la mitad del viaje frenaron al chofer para hacerle un test de alcoholemia, o sea…NOS ESTABAN TOMANDO EL PELO O QUÉ!, lo único que nos faltaba era que el que conducía el micro fuese alcohólico y les aseguro que esa misma noche hacía una fiesta y todo. Por suerte le dio negativo, y seguimos con el viaje.
El ingenuo que piense que esto termina acá, se equivoca de una manera… No habían pasado ni veinte minutos que el micro frenó con todas las fuerzas y todos los que estábamos parados quedamos volteados en el piso y los que estaban en los asientos se sacudieron como electrocutados. Sí, esa fue mi noche muchachos!,..el micro había chocado, y no hubo persona que no se acordara de algún familiar del queridísimo chofer, o de los chicos del gremio jej. Por suerte no hubo ningún herido, pero [no me voy a quejar más pe, te lo aseguro jaj] porqué tenía que ser ese día, y porqué esa noche! Al final, mucha gente se indignó y se bajó del micro porque subió un tipo ofreciendo un viaje directo a La Plata. Yo no estaba para irme con un desconocido así que aproveché y tomé un asiento, y esperé (NUEVAMENTE) que todo se arreglara y emprendiéramos viaje.
Llegué a la parada y bajé fundido, no había ningún taxi a la vista, tuve que caminar veinticinco cuadras (confieso que diez las pasé corriendo, quería llegar a mi casa!) y por suerte (suerte??! de qué hablo!) tomé el último micro que estaba en servicio antes de que lo cortaran, y llegué, ...vivo, a mi dulce hogar.
Una vuelta a casa para el olvido (o para el recuerdo?). Una vez más, la suerte me acompaña (sarcasmo al máximo, oh yeah).





