25 ago 2008

Ahora puedo respirar tranquilo.

Verle los ojos avidriados, húmedos, en fin, emocionados, verle los ojos emocionados y escucharle, con esa cara llena de ánimo vuelto de momento alegría, de momento una ténue expresión de algarabía (esa que tienen aquellas personas que todavía no entienden lo que les está pasando y no pueden disimularlo). Escucharle decir 'cuando entré a la sala, me sonrió'; e instantáneamente deducir en el silencio abismal que le siguieron a las palabras, una sonrisa, y deducir un suspiro, un respiro hondo, unos ojos repletos de emoción contagiosa. Cosas que no se pueden explicar, simplemente son, están y existen.

Esos ojos eran del hombre más duro y frío sobre la tierra (que ahora me demuestra lo contrario), mi viejo. La de la sonrisa, es de una persona que aún en estos días, sin decirme nada, me sigue enseñando lo indescifrable y sorprendente que puede ser la vida, y de la cual todavía seguiré aprendiendo por mucho tiempo más, mi abuela.

2 comentarios:

Volviendo a Crecer dijo...

Ese tipo de cosas acortan la distancias..esas que muchos viejos no se animan de boludos que son nomás.
Que bueno que pudiste ver otra faceta de tu viejo.
Un abrazo, que sigas bien. Diego

Anónimo dijo...

Las cosas que pasan son tan sorpresivas que quedas atonito de como todo puede dar un giro radical, no?

Kiss Joaco