Mis ojos estaban clavados en la nada y las ráfagas de viento que entraban por la ventanilla abierta del colectivo me pegaban en la cara sin molestarme en lo más mínimo. Mientras volvía a mi casa el sol terminaba de ocultarse y las sombras sobre el cemento de los edificios y el asfalto de las calles se hacían cada vez más grandes y pronunciadas. Me era inevitable no pensar en todo lo ocurrido, y sin embargo era como si al mismo tiempo no pensara en nada. Un dejo de tristeza en la mirada sorprendía a cada uno que subiese al colectivo y me mirase aún de soslayo.
Había hecho algo por vez primera, es decir, algo que no había hecho nunca antes. Todavía tenía su olor impregnado en mi ropa, en el pelo, hasta en la boca misma. Todavía recordaba la música de fondo y la tarareaba casi infantilmente. Me sentía a gusto, pero al mismo tiempo extraño. Cuando uno no sabe si lo que hizo está bien o está mal, el sentimiento de extrañeza te consume todo el cuerpo y un poco de tristeza aparece asomandose por sobre los ojos.
Se trata de romper moldes, algunos dicen, pero a veces el molde no queda del todo roto y uno queda más roto que el mismo molde.
En una hora y pico me sentí más acompañado, más comprendido, más querido y también más deseado que en todo un mes entero (o más). Todo se sucedió tan rápido que el mate había quedado atrás (aunque todavía podía llegar a percibirlo y adivinarlo dentro de su boca), y mis brazos se entrelazaban con los suyos, enroscándose y entreverándose al mismo tiempo que me permitía dejar todo al azar, y dejarme llevar por mis sentidos.
Lo que ocurrió después debe ser tan común para la mayoría que no es necesario entrar en detalles, y si lo fuera, permítanme el atrevimiento de guardármelos para mí.
Seguramente que antes de despedirnos ya se me notaba algo en los ojos, porque su saludo estuvo acompañado de una mirada casi melancólica y de la pregunta de si estaba todo bien. Lo estaba, creo, y no tardé en dar la vuelta y caminar hasta la parada del colectivo que me llevaría de vuelta a casa.
Extraño. Alguien me dijo que todo ésto es normal, aunque nosé si me gustaría que se volviese una normalidad para mí. Es algo tan fugaz (abrazos fugaces, besos fugaces, cariño fugaz, casi como una realidad pasajera, momentánea, efímera y fantástica), que si uno se queda sólo con eso, es casi inevitable no desembocar en el más grande de los vacíos. Quizás me sentía atropellado por la vacuedad que llegaba a entrever en mi futuro, no lo sé.
Extraño, sí, así me siento. Tal vez tendré que dejarme moldear por la costumbre, rompiendo mi molde anticuado y añejo; o todo lo contrario, vivirlo como un episodio especial, singular y particular, que nada tiene que ver con lo que me pase de ahora en más en este camino que he empezado a andar hace mucho y que creo jamás tendrá final.
Había hecho algo por vez primera, es decir, algo que no había hecho nunca antes. Todavía tenía su olor impregnado en mi ropa, en el pelo, hasta en la boca misma. Todavía recordaba la música de fondo y la tarareaba casi infantilmente. Me sentía a gusto, pero al mismo tiempo extraño. Cuando uno no sabe si lo que hizo está bien o está mal, el sentimiento de extrañeza te consume todo el cuerpo y un poco de tristeza aparece asomandose por sobre los ojos.
Se trata de romper moldes, algunos dicen, pero a veces el molde no queda del todo roto y uno queda más roto que el mismo molde.
En una hora y pico me sentí más acompañado, más comprendido, más querido y también más deseado que en todo un mes entero (o más). Todo se sucedió tan rápido que el mate había quedado atrás (aunque todavía podía llegar a percibirlo y adivinarlo dentro de su boca), y mis brazos se entrelazaban con los suyos, enroscándose y entreverándose al mismo tiempo que me permitía dejar todo al azar, y dejarme llevar por mis sentidos.
Lo que ocurrió después debe ser tan común para la mayoría que no es necesario entrar en detalles, y si lo fuera, permítanme el atrevimiento de guardármelos para mí.
Seguramente que antes de despedirnos ya se me notaba algo en los ojos, porque su saludo estuvo acompañado de una mirada casi melancólica y de la pregunta de si estaba todo bien. Lo estaba, creo, y no tardé en dar la vuelta y caminar hasta la parada del colectivo que me llevaría de vuelta a casa.
Extraño. Alguien me dijo que todo ésto es normal, aunque nosé si me gustaría que se volviese una normalidad para mí. Es algo tan fugaz (abrazos fugaces, besos fugaces, cariño fugaz, casi como una realidad pasajera, momentánea, efímera y fantástica), que si uno se queda sólo con eso, es casi inevitable no desembocar en el más grande de los vacíos. Quizás me sentía atropellado por la vacuedad que llegaba a entrever en mi futuro, no lo sé.
Extraño, sí, así me siento. Tal vez tendré que dejarme moldear por la costumbre, rompiendo mi molde anticuado y añejo; o todo lo contrario, vivirlo como un episodio especial, singular y particular, que nada tiene que ver con lo que me pase de ahora en más en este camino que he empezado a andar hace mucho y que creo jamás tendrá final.




